Un cheque para salvar el mundo

9 Oct

Para algunos son los coches último modelo. Para otros, las lujosas casas en playas exóticas o a pie de montaña. Algunos ‘solo’ tienen un par de yates, mientras que unos cuantos gozan incluso de jet privado.  Sin embargo, unos cuantos multimillonarios afirman que su mayor ambición es aportar su grano de arena para que vivamos en un mundo mejor, en el que podamos preservar los pocos paraísos naturales que quedan en nuestro planeta. Estamos hablando de los ‘eco millonarios’, personas que no se conforman con comprar un perfecto chalet en plena cordillera, sino que se hacen con enormes extensiones de tierra para a posteriori  donarlas como parques nacionales o para ser preservadas en estado virgen, con el fin de contribuir a la conservación del medio ambiente.

El mayor ejemplo de esta tendencia lo podemos ver en América del Sur, en países como Chile, Argentina, Perú y Brasil, pero también en otros lugares como Belice, México y Costa Rica. Hay razones más que evidentes para explicar que éstos sean los países preferidos para este tipo de acciones. Su belleza natural es difícilmente comparable, tienen una gran biodiversidad y una buena oferta de lugares vírgenes, y, además, gozan de una estabilidad política, más allá de las desigualdades o de sus problemas internos. Éste último es un factor del que África lamentablemente carece, lo que explica que la actividad de los ecomillonarios aún no pueda desarrollarse allí.

Esteros del Iberá

Esteros del Iberá

En la Patagonia, en cambio, va en aumento. Es el caso de Douglas Tompkins, un estadounidense nacido en Ohio en 1943, que se dedicaba antaño a la venta de indumentaria de turismo y aventura (como The North Face, Esprit o Patagonia Inc.). En la década de los ochenta ingresó a la escuela filosófica de la Ecología Profunda (Deep Ecology), que lleva a la ecología a su extremo, y considera al ser humano como un elemento nocivo para el medio ambiente. Su plan para salvarlo es comprar, comprar mucho territorio y salvarlo. Tompkins compró 250.000 hectáreas en los esteros del Iberá,en Argentina, aproximadamente 62.000 en Chubut en el mismo país (que ya donó y hoy forman el Parque Nacional Monte León), 14.000 en una zona que limita con el Parque Nacional Perito Moreno y 350.000 en el sur de Chile. El eco millonario cuenta con el apoyo de dos fundaciones, la de Vida Silvestre —que es socio— y la de Patagonia Natural —que es accionista—.

Fiordos en el parque Pumalín

Fiordos en el Parque Pumalín

En el caso de Chile, hablamos del primer proyecto de conservación de gran envergadura de Tompkins, que ha sido la creación del Parque Pumalín, en plena Patagonia. Pumalín es un aislado edén rodeado de montañas de nevados picos e interminables fiordos como los de Noruega. Un área de 300.000 hectáreas de bosque templado lluvioso o ‘selva valdiviana’, de altas cumbres, lagos y ríos. Se trata de un parque privado de acceso público que incluye zonas de camping, centros de visitantes y un restaurante. Tompkins busca promover la experiencia en plena naturaleza, con la esperanza de transmitir una ética ambiental a las miles de personas que visitan el parque cada año. Aunque el proyecto inicialmente provocó controversia, el parque sigue ganando el apoyo tanto de lugareños como de visitantes.

Parque Pumalín

Parque Pumalín

Pero Tompkins no es el único eco millonario que vale la pena destacar. Johan Eliasch, diputado del Partido Conservador británico, se ha centrado en preservar la selva amazónica. Compró 160.000 hectáreas de tierra en Brasil, cerca de la ciudad de Manikore. Sus intentos de proteger la selva de negocios le han hecho ganar varios enemigos, que aseguran que el cierre de los aserraderos significa la pérdida de muchos puestos de trabajo. Sin embargo, para Eliasch la deforestación está costando a los habitantes locales unos costos mucho más altos.

Amazonas

Amazonas

Paul van Vlissingen, un multimillonario hombre de negocios holandés, compró en 2005 más de 4.000 kilómetros cuadrados en Etiopía, donde piensa fundar un gran ‘museo del planeta’. Y, como ellos, cada vez son más los afortunados que llevan a cabo acciones de este tipo. Pero lo cierto es que, mientras algunos los celebran como admirables ejemplos de altruismo planetario, para otros se trata de un nuevo tipo de colonialismo, en esta ocasión, teñido de verde. O, incluso, de conspiraciones geoestratégicas para apropiarse de los recursos naturales de países en desarrollo. 

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